Crecí tratando la cocina familiar como un pequeño santuario donde el mundo exterior se detenía en la puerta. El pan que se levanta en la tranquilidad del calor, el aroma de la comida casera en el aire, un libro abierto mientras el jazz de los años 60 tarareaba suavemente en el fondo. Ese lugar me formó.
Y desde esa forma de vida suave y atenta, mi trabajo ahora fluye creando experiencias arraigadas en el patrimonio, reconocidas por el Premio de Turismo Sostenible de la ASEAN y presentadas en National Geographic, todo suavizado por la ternura de esa vieja cocina.